Cómo hablar sobre el agua

Al final de las mingas en el San Pedro los mingueros suelen dejarle mensajes como este.

Mariana Landázuri Camacho

Como era previsible, la tasa de recolección de basura en Quito desató una polvareda. Sin medidores individuales de agua potable en buena parte de los predios, los nuevos montos de cobro que traen las facturas ni se aceptan ni se entienden.

Sin pretenderlo tampoco, el pago nos obliga a examinar la factura. Un acto que, aparentemente, casi nadie realiza. ¿Cuántos metros cúbicos de agua consume la familia o la oficina o el colegio al mes? Respuesta en blanco. Parece un dato casi incidental, como si el consumo per cápita de la capital no fuera conocido por ser uno de los más altos de América Latina. Desperdicio se llama.

Se diría que necesitamos apoyo didáctico para leer facturas. También habrá pasado desapercibido el mensaje eventual de la EPMAPS en el reverso del documento que indicaba el valor de consumo recomendado internacionalmente: 15m3 para una familia de 5 personas, es decir 3m3 por persona al mes, máximo. ¿Lo cumple alguien? A un nivel doméstico, para lograrlo se necesita tener servicios higiénicos ahorradores, en vez de esos enormes tanques de los inodoros antiguos.

En el movimiento que se ha ido conformando en favor de los ríos de Quito, los temas del agua se analizan apasionadamente, pero fuera de ellos nadie más se entera. Quizás haya que agradecerle a la tarifa de basura por romper ese cerco. Al fin algo hace que los usuarios se fijen al menos en cuánto pagan por la recolección de sus desechos, porque esa tarifa teóricamente está calculada sobre su consumo de agua.

En esos círculos de discusión se sabe que mientras no afecte al bolsillo, a nadie le va a importar el agua. Tanto el agua que recibe, como el agua que devuelve. Esa devolución limpia es el debate hacia el que estas facturas pueden llevarnos, si la hendija se abre.

Si tuviéramos en las manos las facturas de la ciudad de Cuenca, veríamos una arquitectura muy distinta del monto final. Los usuarios allá pagan tarifas diferenciadas tanto por volumen de consumo, como por actividad (comercial o doméstica). Eso permite financiar la famosa descontaminación de sus ríos. En Quito no puede suceder de otra manera.

No es que Cuenca no tenga desafíos con su agua, eso sería imposible en un planeta que tiene casi una bancarrota hídrica. Allá es ver cómo reducen su consumo por habitante porque el páramo del Cajas del que se nutren es todo lo que tienen y ya llegó a su tope de abastecimiento. Ni hablar de las nuevas amenazas que penden sobre los páramos tras la aprobación por 77 votos de la ley minera en la Asamblea Nacional, reunida en febrero de 2026 en Samborondón, Guayas.

Quito no puede siquiera soñar en autoabastecerse. Así como no parece importarnos cuánta agua consumimos privadamente, a la ciudad no parece importarle traerse (o robar) agua de otras provincias y de otras cuencas hidrográficas. Si no duele en el bolsillo, dicen… En términos muy gruesos el costo del agua en Cuenca es un tercio más alto que en Quito.

Una palabra aquí sobre la basura, cuya recolección da pie para hablar sobre el agua. Esa creciente cantidad de objetos que desechamos son de nuestra responsabilidad. Tampoco en esto ejercemos ningún control propio sobre qué, cómo, cuánto, dónde consumimos. Ninguna presión de consumidores hacia las empresas fabricantes de envases. Ninguna agencia.

Como a la autoridad le sobrepasan los temas de fondo y de largo plazo, es la ciudadanía la que los pone sobre el tapete. No es solo omisión de una parte, es ejercer la capacidad cívica y política que cada comunidad posee. Tampoco aquí nadie puede hacerse el quite.

Un público en su mayoría colegial aprende sobre el río en una minga de enero 2026 en el río San Pedro; muchos adolescentes lo vieron aquí por primera vez. Antes de reflexionar han compartido el trabajo y la comida con los adultos.

Guardianas del río

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