¿De dónde es usted?

Mariana Landázuri C.

Foto: ia huh

“De Venezuela”, decían al inicio, como que eso no fuera evidente para mí. Al empezar a preguntar por la capital, todos pensaban que les preguntaba por la del país.

“De Margarita, de Táchira, de Puerto La Cruz”, empezaron a responder al inquirir más. El encuentro en la calle no permite mucho, pero ahora empecé a preguntar por el estado al que pertenecían (lo correspondiente a nuestras provincias). Eso implicaba que deje de manejar y me detenga a conversar un poco más. Estar al mismo nivel de la vereda, querer acercarme y tener algo que ofrecer ayuda mucho.

¿Que cuál es la capital del estado del que proceden? Extraña pregunta, ni en los papeles de migración debe constar; lo que ellos estaban pidiendo era alguna moneda “¿no tiene una?”. Para algunos era fácil contestar a la mía: “de Zulia, capital Maracaibo, de Trujillo, capital Trujillo, es frío como aquí”, decían. Otros, más tarde, añadían que es en los Andes, al oriente.

No pretendía confirmar la veracidad de la información ni consultar en los mapas, en realidad el propósito era otro muy distinto al cartográfico. Pero se fue convirtiendo en un pretexto para dialogar, en una especie de juego y en un repaso a la geografía, al inicio con los inmigrantes venezolanos.

Y yo regresaba corriendo a anotar la información en el cuaderno que se constituyó en mi bitácora, porque con las manos en el volante, imposible. Si iba de pasajera, sacaba cualquier papel para consignar la información al vuelo. ¿Qué dijo: “estado Guaraima”? El semáforo ya cambió y no hay cómo detenerse. Tras los cubrebocas, con el tráfico y todos los ruidos de la calle, es mucho que algo se entienda.

Otras veces el primer papel me llegaba en un sitio inesperado. Tenía pendiente ir al banco, pero queda tras una larga cuesta y yo no alcanzo, además no tienen parqueaderos para bicicletas, a pesar de mis pedidos, por lo que primero es guardarla en otra parte y caminar. Que no me olvide todo lo que me dijeron, todo lo que la vida late en estos encuentros, toda la riqueza de la diversidad, todo lo que se deja ver al acercarse apenas a preguntar. En el banco hay mesas para asentar las papeletas y por fin podía anotar ahí lo que venía repitiéndome mientras subía. Suceden tantas otras cosas en el camino, pero al cabo llego a la agencia, paso los trámites de bioseguridad para ingresar. Adentro. Descargo en el papel lo que sale sin censura y en otra papeleta, lo del retiro. Voy a las cajas donde sale un cliente y justo me deja el sitio libre y yo apenas he tenido tiempo de sacar el libretín. Se lo paso a la cajera mientras busco la cédula. Veo que ella leía la papeleta, le daba la vuelta, volvía a leer, me regresaba a ver y no le calzaba nada. Recién ahí me doy cuenta de que le he entregado mis apuntes garabateados, en vez de la información bancaria. “Pensé que me quería decir algo”, me dice tras el vidrio, “¿como que yo estoy necesitando ayuda?”, le pregunto, ella mueve la cabeza de arriba a abajo, “¿como cuando una es acosada o está en peligro?”, añado para ir entendiendo. Ella asiente. Menos mal no es el caso, pero sí se han dado esos pedidos de auxilio, me confirma ella, y lamentablemente es fácil imaginar las circunstancias. Nos reímos mientras le cambiaba de papeletas. La confusión permite que podamos conversar como seres humanos.

Cuántas veces he perdido información porque no tuve en dónde apuntar y me dijeron demasiados nombres nuevos a la vez, entre todas las cosas que quieren decirme porque es tanto lo que llevamos todos dentro, también en un banco, y tan pocos los que quieren escuchar. Releyendo este párrafo me doy cuenta de que muchos me aconsejarían sacar el celular para grabar estos encuentros, como si eso no arruinara cualquiera de estas situaciones espontáneas, incluida la de la propia cajera.

¿Qué sabe la gente del lugar del que viene? Depende de la escolaridad que hayan recibido, pienso. Unos se regresaban a mirar entre sí, y se producía una pequeña discusión. A lo mucho, podían dar el nombre de la población en la que vivían. “Punto Fijo”, me responde la mamá de una familia que recorre las calles, pero no sabe dónde queda eso, el papá es el único que sabe. Todos pueden nombrar la capital del país, pero ¿su propio estado, la capital? “Cumaná, capital Sucre”, me dice uno vacilando, seguramente sin saber que el personaje es tan querido en el Ecuador. “De San Francisco, estado de Lara, capital Barquisimeto, la capital musical del país”, me decía otro por contraste, con orgullo. Aunque no supiéramos nada de la vasta tradición musical venezolana, algo indica lo que se deja ver ahora, justamente en las calles.

Falcón, capital Coro, me habían contestado ya varias veces, pero con lo que me sorprendió un vendedor de gaseosas fue con decirme: “…donde se izó la bandera nacional por primera vez y el prócer Francisco de Miranda desembarcó…”. Antes, me había contado dónde vive en Quito y le gustó poder informarme sobre su patria chica, pero nuevamente el semáforo cambió a verde y yo ponía ya el pie en el pedal. Gracias, una sonrisa que sólo se puede ver en la mirada y un adiós con la mano.

Tal vez estas respuestas son las que me empujaron a preguntarme qué sabe la gente del lugar del que viene. Y también a preguntarme qué sé yo de todos esos lugares, por ejemplo, cómo se escriben, ¿con V o con B? ¿Había una S al final? La pronunciación aspirada que suelen tener las poblaciones costeras no deja escucharla, por si no fueran suficiente estorbo estos tapabocas…

“Barinas, capital Barinas”, “Ciudad Guayana, estado Bolívar, capital Bolívar”, “los 4 de Bolívar”, me dicen unos músicos que ya se saben ritmos ecuatorianos y los tocan en las intersecciones de las calles. “¿Y usted de dónde es, ha estado por allá que conoce los nombres?”, me respondían sorprendidos al repetirles yo ciertos estados que ya me sabía, y trabar así una pequeña conversación. No es sólo lo inesperado del encuentro, sino que estos cortos diálogos abrían la posibilidad de salirnos por un momento de la tiranía digital en la que estamos inmersos.

Como algunas respuestas se empezaban a repetir, iba tras estados que no hubieran aparecido, como buscando cromos nuevos -un juego que habría que explicar en qué consistía- y recibíamos en la funda uno que no había llegado antes. “Estado Cojedes”, me dice alguien, y escribir el nuevo nombre equivale a pegar el cromo inédito en el álbum. “Tucupita”, una capital estadual antes no escuchada, otro territorio. ¿En qué parte del país quedarán, si junto las piezas que ya tengo armaré una región, darán al mar o son interiores?

Más escuchados son nombres como “Carabobo, capital Valencia”. No así “Yaracuy” aunque la capital sea un nombre más genérico, “San Felipe”. ¿Dijo: “Portuguesa, capital Acarigua”? “Maracay, capital Aragua”, les gusta decir algo de su tierra, nadie les pregunta nada. “Anzoátegui”. Nombres sonoros, que invitan a descubrir su origen, casi todos desconocidos para mí. ¿Se escribirán así? Contra mis intenciones iniciales no queda más que consultar algo para que la ortografía no resulte ofensiva. Otros me dicen que sí, que Mérida existe en varios países, al igual que Barcelona, y yo pienso en nuestra propia Cuenca. El mapa se va ampliando porque otros son de Colombia (del valle del Cauca, Cali, Buenaventura, Medellín), de Perú, de Brasil.

Como los que se cruzaban en mi camino eran también nacionales, les preguntaba lo mismo. “Soy del Oriente, bien adentro”, me dice un compatriota flaco y desdentado. Le recito los nombres de algunas provincias y no sabe de ninguna, ni de cuál cantón. ¿Es sólo la falta de escolaridad lo que está detrás de su respuesta sucinta?: “Yo soy del campo, soy indio, no sé”.

En Quito es una verdadera vergüenza ser de “bien adentro”. Los inmigrantes internos optan por decir la ciudad principal, la que se conoce aquí, o tal vez les guarezca mejor el nombre de la provincia. “Del Carchi”, me responde una familia negra que luego admite ser de Mira. “De la provincia de Loja”, me dice un reciclador que conduce su triciclo con los tesoros que ha recolectado en el día. Ambos vehículos nos ponen en igualdad de condiciones y aunque vayamos en direcciones opuestas es fácil detenernos porque hay poca gente, “de un pueblo que pertenece a Saraguro”, no logro más. De Punín o de Chunchi, son los que primero me han dicho que eran del Chimborazo; de Colta, de Cajabamba, va admitiendo un lotero adulto que primero dice que es de Riobamba; de Latacunga, dicen primero, cuando el vendedor de escobas es de Pastocalle y el lustrabotas, de Zumbahua; “de Cevallos, la tierra del calzado”, me cuenta el malabarista que decía ser de Ambato, “muchas gracias, que tenga una buena tarde”, si no lo transcribiera aquí, parecería que es una mera encuesta la que estoy pasando. La señora de los chochos dice que es de la provincia de Bolívar, de San Francisco -a mucha insistencia- pero no sabe de cantones ni de parroquias, ni de cosas que preguntan los desocupados. Otros más vienen de Quevedo, de Carpuela, de Saquisilí, de La Concordia, de San Antonio de Ibarra, de Mascarilla.

¿A nadie en la capital le interesa de dónde son los ambulantes, o da lo mismo de dónde sean porque los habitantes urbanos no conocen esos lugares, ni quieren conocerlos? ¿O es preferible escudarse anticipadamente de la deshonra de ser de tan adentro? Lo que les obliga a aguantarla seguramente se resuma en lo que me confiesa una inmigrante: “Es que allá pagan muy poco por los trabajos”.

¿Y en Quito, de dónde son? Si bajan de la Roldós o de Pisulí, me han dicho que son de El Condado. Está tan arraigada la subvaloración y la vergüenza que no nos damos ni cuenta, y la estrategia de protegerse de un potencial rechazo se vuelve también aceptada, invisible.

Pero al ver que alguien no pregunta para despreciar, produce al inicio una especie de sorpresa y luego puede hasta dejar surgir el secreto anhelo de que el otro entienda un poquito el dolor propio. “¡Dios le pague!”, es quizás la respuesta más usual en esas circunstancias. Mientras mayor la edad y la pobreza, más espontánea todavía. En voces con ascendencia indígena suena más a “diosolopay”. Muchos me bendicen. Si el auxilio ha respondido a la necesidad, la respuesta sale desde el fondo del alma, con un baño de alivio, como que el cielo se hubiera abierto un ratito. “¡Ay, gracias, gracias, gracias, gracias, gracias!”, repite una chica, parada en el puesto donde vende algo para mascotas. Si están con mucha hambre, abren la funda ahí mismo o la esperan ansiosos. “Voy a compartir con mi perrita”, que es una negra que le acompaña en su trabajo de recoger cartones. La gratitud es tan recursiva. Una señora se ofrece a cuidarme la bicicleta mientras entro a comprar algo en el mercado, que no me preocupe; una niña me hace la venia; otro muchachito quiere darme viada empujando mi vehículo que ya se pone en marcha y él puede soñar con que hay cómo volver a jugar, como cuando estaba en su tierra. Nadie me tutea en la calle, ni mi propia experiencia generacional me permite a mí tutear tampoco.

Saber de dónde son estos vecinos ambulantes de la ciudad ayuda a sentirnos más iguales. Sus respuestas son un reto al reconocimiento de mi propio territorio, enorme desafío para quien quiera que viva en este mar poblado que se ve en todas las direcciones.

“De La lucha”, me dice uno y menos mal puedo repreguntarle: “¿de La lucha de los pobres?”. Asiente. Aunque sea tan pasajero y en medio de la avenida donde todos somos anónimos, es un reconocimiento que alguien pueda darle esta palmadita. De Guamaní, de Nueva Aurora, de la Ferroviaria, de Guajaló, me dicen. De San Juan, un heladero que viene de San Blas, me confirma que nació y vive allí. Ya es casi un hito encontrar vecinos que habiten el centro histórico.

“De La Planada”, al noroccidente de Quito, subiendo al Pichincha. De ahí al ladito son unos niños que han bajado en domingo al parque. Nunca vale más la pena llevar mi carga en las alforjas que cuando la pequeñita se atreve a acercarse a mí, mientras su hermano mayor sostiene más tímido y más atrás la bicicleta, y ella me pide ayuda para regresar a su casa en Atucucho porque se les ha pinchado la llanta. La leche les puede dar al menos fuerza para empujar.

También son del Comité del Pueblo, de San José del Inca, de la Jefatura de Policía, de la Comuna de Santa Clara de San Millán, de Calderón, de La Pulida, de San Carlos.

“Soy de la calle”, me confiesa con veracidad uno de tantos recicladores que van empujando sus carritos. Y como para probar que la identidad la da la fuerza de la comunidad de origen, otro de ellos que me ha dicho que era del Carchi, añade: “de San Gabriel, barrio Santa Clara, familia Obando …”, no alcanzo a retener el segundo apellido. Claro que es gente trabajadora, ¿no le veo a él? “Yo ya tengo 63 años y sigo trabajando. Dios me le pague”. Recién cuando anoto los datos me doy cuenta de que ese día iba cubierta de un cubrebocas con un motivo de la arqueología pasto, diseñado y confeccionado por vecinas mías. ¿Llegará la identidad tan atrás? Con que alguna de estas mascarillas filtrara la combustión vehicular ya me ayudaría mucho.

Tal vez el signo para dejar de hacer tantas preguntas sea el encuentro con el mendigo sordo a quien ya no puedo decir nada y que me responde con la limpieza de gestos de su rostro, mientras levanta su rótulo de “gracias”.