
Mariana Landázuri Camacho
En tiempos electorales se agitan todas las agendas. Y por eso sale a colación lo que comúnmente se entiende por la agenda municipal: la recolección de la basura, las calles, el alcantarillado. Hasta ahí parecen ir las obligaciones de los municipios. Como nadie menciona nunca el tratamiento de las aguas servidas parecería que esa no es una responsabilidad ni municipal, ni estatal, ni privada. Y eso mismo es lo que sucede. Nadie lo hace.
En Quito, después de la expedición de la ordenanza Verde-Azul (2023) y de ganar todas las instancias de la demanda por el río Machángara (2025) no queda duda de que limpiar nuestros ríos es una responsabilidad municipal. La ordenanza mencionada también tiene claras exigencias a las edificaciones nuevas que se construyan en este cantón.
A nivel del discurso institucional, al menos, los colectivos ciudadanos han logrado posicionar la prioridad de limpiar nuestros ríos. Eso no sucedía hasta hace apenas un par de años; por décadas se blandió la irrealizable planta de Vindobona (una localización hacia la Mitad del Mundo).
Sin embargo, la comprensión de nuestra responsabilidad ulterior con el agua casi no ha permeado a la ciudadanía y mientras eso no suceda, las parroquias alejadas seguirán exigiendo a los alcaldes solamente que cumplan con dotarles de agua potable. Qué pase antes o después, poco nos inquieta.
Qué pasa después
Para no hablar de lo que pasa antes, que es casi tan grave, lo que hacen los ríos es acarrear nuestra contaminación aguas abajo. El río San Pedro recibe a numerosos tributarios, entre ellos el Machángara, y cuando se junta con el río Chiche, cerca del actual aeropuerto, se convierte en Guayllabamba. Para torcer hacia la Costa atraviesa por una zona casi deshabitada del Chocó andino, haciendo de límite provincial entre Imbabura y Pichincha hasta llegar a la provincia de Esmeraldas.
Si el cauce fluyera al revés, es decir, si nos llegaran a Pichincha las aguas no tratadas de Esmeraldas para nuestro consumo, pondríamos el grito en el cielo. Sostener esa imagen nos puede ser útil para cuando sepamos que esto no va a ser gratuito.
Que tratar las aguas residuales sea una tarea municipal no le quita ninguna responsabilidad al privado. Desde cómo y dónde edifica su casa hasta cuánta agua consume, ¿decisión de quién es? Las instituciones que han construido plantas de tratamiento de sus aguas residuales -como varias universidades- han encontrado en los filtros previos todo lo que no debe mandarse a un inodoro (colillas, envolturas, toallas sanitarias, jeringuillas, condones, entre otros). ¿De quién es esa responsabilidad?
Claro que las decisiones sobre dónde vivir y cómo construir dependen de ordenanzas que regulan -o eso quisiéramos- el uso del suelo. Más claro todavía es que los intereses inmobiliarios hacen romper todos los candados que frenan la expansión urbana.
El río que nos une
Limpiar los ríos no es una causa más que se sume a la pesada carga que ya tenemos sobre nuestras espaldas. No es una demanda que abra un nuevo frente que debamos posponer aduciendo que lo verdaderamente grave es lo que pasa en el sistema judicial ecuatoriano, o en el electoral, o en el político. Es la misma exigencia de la sociedad vista desde otro ángulo. La misma degradación.
En vez de permitir que esa descomposición termine por envenenarnos, los colectivos ambientales han visto una realidad tan compleja como la recuperación de nuestros ríos y han empezado a actuar desde muy diversas vertientes. Una de ellas es pensar en el río como una cuenca, independientemente de sus delimitaciones cantonales o parroquiales. La ordenanza Verde-Azul y la normativa subsiguiente ya lo miran así, pero pasar del enunciado a que las instituciones actúen en correspondencia, media un largo trecho.
Los ejercicios realizados en septiembre de 2025 con funcionarios de los tres cantones por los que pasa el río San Pedro (Mejía, Rumiñahui y Quito), la Prefectura y otras instituciones nacionales mostraron que ninguna tenía proyectos con sus vecinos respecto del río. Aunque tienen problemáticas comunes, no se regresan a ver para colaborar. Es la historia que nos atraviesa en el país y aunque sea tan evidente, si alguien menos implicado en el aparato institucional no junta a los actores, simplemente no sucede. Esa es la historia que los colectivos ciudadanos están haciendo cambiar.
Para conmemorar el día mundial de la Tierra (22 de abril de 2026) el Colectivo Rescate del Río San Pedro ha convocado a estos tres cantones y a la Prefectura provincial para firmar un pacto por el río que nos une, junto a su vera, en Guangopolo. Firma también la Red de Acción Académica por los Ríos de Quito que reúne a todas las universidades que tienen investigación fluvial. La mira es llegar a crear un comité de cuenca que vele por el río, sin añadir burocracia. Será el primero en la provincia de Pichincha y uno que puede sentar un fundamental precedente para cuencas mucho más amplias como la de todo el río Guayllabamba y finalmente el Esmeraldas.
Habiéndolo construido desde tan abajo y tan sostenidamente, con una base social tan amplia y con una notable capacidad de incidencia, lo importante del comité no es la foto que las autoridades se tomen en la firma, sino la política pública que se establezca independientemente de quiénes lleguen a ocupar los cargos.
Paciencia, Paz-ciencia

Aunque suene tan obvio que las partes colaboren en vez de darse la espalda, no podemos esperar que funcione como por encanto. Todo administrador de condominio también quisiera que sus vecinos paguen regularmente las cuotas, en vez de echarse la culpa entre sí.
Aquí no solo se trata de empatar unas voluntades políticas, sino de establecer una meta para la sociedad entera. El río que nos une puede convertirse en esa gran causa común que nos permita asumir nuestras responsabilidades con la consciencia puesta en un bien mayor.
Y una de las partes que más necesita colaborar son los usuarios del agua, es decir todos nosotros. El costo no es solamente el de unas plantas de tratamiento que necesitan financiarse, sino el cambio de hábitos de consumo. No es únicamente lo que digan o no unas autoridades, sino qué le echamos nosotros al agua.
Solemos sentir alivio de saber que hay gente que está trabajando por ese bien mayor o por algo que nos importa, como si eso pudiera suceder sin poner el cuerpo, mientras seguimos con nuestras vidas, haciendo lo mismo de siempre.
Tal vez aprendemos por imitación y si es cierto que todos nos enseñamos mutua y constantemente, quizás la ciudadanía que hace el enorme esfuerzo por organizarse alrededor del agua sea la que marca el hito a toda la sociedad. Ese esfuerzo se paga solo pasando el ejemplo al vecino.
Existe una enorme expectativa por ver qué sucede con esta causa. Aquí la apuesta de toda la agencia social ejercida es cambiarle el curso a la historia.
Rescate del Río San Pedro
