Sobre la acción individual

Mariana Landázuri Camacho

Termino esta reflexión con el fin del paro. Mientras estamos atravesados por él y los helicópteros sobrevuelan, me agarro de la idea de que también el estallido social puede ser una situación privilegiada para reflexionar, aunque estemos tan abatidos y tan divididos. ¿Reflexionar sobre qué?
Sobre el individuo, sobre lo que puede hacer. Pensar en si nuestras pequeñas fuerzas individuales pueden reconciliar algo, aun sabiendo que lo que se requiere sean soluciones sistémicas. Pensar en si podemos apoderarnos del dominio que tenemos en nuestra propia esquina.
Para empezar por alguna parte y nutrirme de la experiencia ajena, la herramienta que fue tomando forma en un pequeño sondeo anónimo fue la siguiente pregunta: ¿Qué acciones de las que realizas cotidianamente crees que ayudan a solucionar el conflicto que estalló en el país?
La pregunta surge porque solemos creer que las salidas deben darlas únicamente las partes en conflicto, o que no hay relación entre lo que hacemos en nuestra vida privada y lo que sucede en la vida pública.
Sin intención deliberada, muchas de las respuestas que llegaron respondían a la demanda de justicia social de los pueblos indígenas y las capas más empobrecidas de la sociedad. Al menos ciertos individuos pueden percibir esa demanda cuando reflexionan sobre su conducta, aunque la demanda misma quede prácticamente sepultada detrás de la violencia o sea pervertida por protervos intereses.
Engarzar algunas de esas respuestas en esta reflexión puede convertirse en una forma de visibilizar acciones que pasan desapercibidas y que, en realidad, modelan ante los demás una actuación que conduce a una sociedad menos crispada.
Una grata tónica general en lo que me llega es abstenerse de condenar a ningún bando. Tal vez el lenguaje sea nuestra última frontera o nuestra primera arma.
“En conversaciones o discusiones con los más cercanos, yo he bajado o eliminado cualquier tono de violencia. Yo no estoy para pelear, sino para buscar soluciones. […] He contribuido tratando de apagar incendios, procurando que se pueda mirar las posiciones diferentes, ponernos en el lugar del otro, ser más empáticos con el otro”.
Quienes han llegado a conclusiones de este tipo han reflexionado mucho sobre sí mismo: “… también cuidándome de mis propios prejuicios que yo he intentado trabajarlos mucho. Por suerte nunca he sido clasista, menos ahora, ni xenófoba, ni nada de esas cosas, pero ni un poco, todo lo contrario, siempre he tenido mucha apertura, tratando de ver al que carece, al más necesitado”.
Ese trabajo interno no lo puede hacer nadie más que el individuo, aunque todos seamos el producto del medio que nos ha moldeado. Por eso estas irrupciones sociales que sacan a la luz patrones tan complejos, pueden ser usadas tanto para cuestionar qué validez tienen esos patrones, como para ahondarlos.
Si parece poca cosa que alguien privadamente sea capaz de cuestionar la herencia que recibió, miremos las consecuencias que se derivan. En la misma línea anterior, confiesa una madre de familia:
“Haber educado a mis hijos sin usar un lenguaje ni racista, ni clasista, inculcándoles el respeto en el trato a las personas marginadas económicamente”.
Dicho en dos líneas suena tan fácil. O puede sonar también a que sucedió en otro país. Sin el contexto en el que todos vivimos en el Ecuador puede parecer que las costumbres o las leyes nuestras favorecieron este tipo de educación. Cuando la verdad es que una respuesta así es una decisión privada basada en una comprensión de lo público.
“Hay mucho odio acumulado en el corazón”, decía otra persona que me llama espontáneamente, alarmada al leer los mensajes que le llegan por el teléfono a propósito de las manifestaciones. Si ese odio no se transforma en ese mismo corazón, ¿qué medida gubernamental lo puede disolver?
Ante los odios y el racismo que se profundizan con los enfrentamientos, ¿cómo podrían hacer los individuos para no alimentarlos? La respuesta de la misma persona de la llamada fue plantear una pregunta retadora para nuestro contexto y que exige mirar más allá de este momento. Desde su condición mestiza, ella pregunta: qué es lo que cada ecuatoriano ama de la parte indígena que lleva en su sangre. Si queremos contribuir a solucionar este conflicto a largo plazo, este tipo de reflexiones son las que requerimos dar. ¿Y qué preguntas se podrían hacer los pueblos indígenas respecto de los mestizos? Si llegaran a realizarse, ¿no serían estos en sí mismo unos ejercicios que cambiaran completamente el tono de la discusión? ¿No nos educarían a todos?
“En el día a día lo que se puede hacer desde mi perspectiva es mandar energías de paz a las dos partes. Es muy fácil parcializarse en estas situaciones y en realidad eso nos hace alejarnos más los unos de los otros”, contesta otra habitante de la ciudad. “Realizar muestras de que la ciudad de Quito quiere paz. Creo que mientras más se muestre que no se toma partido, pero se exige paz y diálogo, es lo mejor”.
Si tomar partido nos aleja, ¿qué nos hace acercarnos? ¿Qué ha hecho alguno de mis informantes que ayude en este sentido?
“Pensar qué es lo que hace que haya una situación tan extrema, de tanta violencia […] tratar de entender por qué protestan. Yo no he tenido que sufrir carencias, desde un lugar de privilegio es fácil pensar. Por eso he tratado de ampliar mi forma de ver las cosas y decir, a ver, por qué estos niveles, qué es lo que ocurre. […] Lo que me interesa es lo que está detrás de los síntomas sociales que nos están hablando de situaciones complicadas que llevan muchísimos años, esta problemática social que no es de ahora, está estallando ahora. Tratando de entender”.
Entender quizás sea lo primero, quizás lo más difícil. De la comprensión surgen las acciones, como la del uso del lenguaje. La violencia que ha desbordado en las protestas se encuentra normalizada en todas las interacciones sociales. Lo sabemos los que vamos en el tráfico todos los días, en los buses, al hacer fila. Violencia latente en el lenguaje cotidiano que pone a disposición el insulto o la grosería sin freno como moneda válida. Reaprender para usar el lenguaje sin condena se puede hacer y es una decisión contra corriente que tiene una raíz tan histórica como la del momento que estamos viviendo. (1)
Otra bella sorpresa en relación al lenguaje es la respuesta que daba esta consumidora: “En la feria agroecológica, hablar en kichwa (lo poco que sé) con los productores para que sepan que no sólo su trabajo, sino su idioma y cultura son apreciados”.
Qué lección tan reprobada tenemos en esta materia. Cuánto mejor nos entenderíamos si hubiéramos cruzado este puente. Una cantante kichwa hace notar esto cada vez que se sube al escenario y lamenta que no nos podamos comunicar en su idioma con la misma fluidez con la que ella se comunica con el público en español.
La mención de las ferias agroecológicas puede dar pie para anotar aquí que antes de la pandemia llegó a haber una verdadera red de ferias en Quito, donde los productores tenían el control de la venta. Desde hace varias décadas existe además un sistema formal de comercialización basado en los criterios de justicia para toda la cadena productiva, incluida la tierra, el aire y el agua. Para pocos será conocido que, gracias a ese entramado, la capital llegó a ganarse un título oficial de ciudad por el comercio justo. ¿Cómo retomamos esas buenas prácticas que rebasan lo individual y que dan cuenta de una comprensión que la sociedad sí pudo llegar a sostener?
El pago justo por el trabajo rural y campesino es un punto neurálgico para una convivencia social. No es solamente que el agro abastezca a la ciudad, sino que la ciudad lo retribuya con respeto. Lo que hace regularmente esta familia es un ejemplo de esto, y es también una decisión política, aunque sea privada:
“Ir regularmente a la feria agroecológica del barrio para apoyar de manera consistente y directa a los agricultores, pagarles el precio justo y no regatear”.
¿Quién regatea en el almacén o el supermercado? ¿Por qué debemos considerar que lo que viene del campo vale menos que lo que viene de una fábrica? ¿Cómo sostenemos un trabajo digno en el agro con nuestra propia compra? Preguntas que todos nos podemos hacer. Los que las han contestado han permitido que se sostenga esta forma de comercialización alterna.

Se requiere a veces tan poco para hacer gestos de cercanía y respeto. Aquí va una pequeña lista de acciones de alguien que respondió a la pregunta inicial, aunque ella anote que no siente que hace mucho:
“Conocer, conversar con los productores indígenas y campesinos, conversar con ellos para comprender cómo producen y transportan los alimentos”.
“Comprar artículos artesanales para el hogar, ropa, regalos elaborados por indígenas y campesinos, para apoyar a su economía”.

“Hacer turismo comunitario”.

“Visitar las chacras campesinas donde se cultivan los alimentos que consumo para conocer a los productores y su situación de vida”.

“Estar al tanto de la realidad de los campesinos e indígenas por medio de libros, cine y arte sobre estas temáticas”.
Otros respondieron de manera más genérica sobre la creación de empleo.
Lo que más requieren estas respuestas recibidas es buena voluntad: querer ver y querer hacer. Sí, claro que también requieren cesar la violencia que ensangrentó junio, pero en eso que llamamos normalidad tampoco hacemos la mayor parte de propuestas aquí planteadas.
Estas son las soluciones sencillas y profundas que algunas personas tienen incorporadas en su vida. Como hay muchas otras posibles respuestas, tal vez procede cerrar aquí volviendo a plantear la pregunta para seguir contestándola: ¿Qué acciones de las que realiza cotidianamente cree que ayudan a solucionar el conflicto que estalló en el país?

(1) Para quien quisiera saber más a este respecto, ver el artículo Comunicarnos sin violencia, en esta misma pestaña.